martes, 19 de junio de 2012



ESTEBAN LUIS CARDENAS: POETA DE UNA LARGA NOCHE.



Por Alejandro Lorenzo.



El viernes 4 de mayo en la tertulia La Otra Esquina de la Palabra, se le rindió tributo al poeta y narrador Esteban Luis Cárdenas Junquera, nacido en Ciego de Ávila, Cuba, 1945 y que en el 1978 fue condenado a 15 años de prisión por intentar asilarse en la embajada argentina en La Habana; indultado al año siguiente, salió de Cuba y residió en Miami hasta su fallecimiento, aun no aclarado del todo, en los primeros días de agosto del 2010.
En esa velada, los que lo conocieron en la Isla lo recordó en su constante transgresión a los cánones oficiales que fueron estrangulando a él mismo y a los intelectuales de su generación.
Vino a la memoria un hombre culto, lucido, polémico, entre los integrantes de aquel grupo de escritores emergentes que cada noche en los años 70 se reunía en el parque de Calzada y K frente a la Funeraria Rivero.

A la hora de analizar la breve producción literaria de Cardenas, se debe tener en cuenta que fue escrita o reconstruida en el exilio. Todo ese activismo de rebeldía política de la etapa cubana, no se trasladó, por suerte, a su obra, factor que lo convierte en un escritor con una holgura estética y universal.

Si partimos de su libro emblemático Canto de Centinela, publicado por la Editorial La Torre de Papel (1993), sus versos se entretejen desde la intimidad. Hay algo maldito en ellos, plagados de verdugos y maleficios, existen imágenes y símbolos provenientes de inexplicables zonas ancestrales. La muerte, siempre la muerte, se torna ensalzada y hasta redentora.Habita en estas letras esmeradamente elaboradas, mucha herencia del poeta Charles Baudelaire, una frialdad de mármol de la torcida escritura kafkiana, un enlace con la elaboración críptica de los versos del reverenciado Lezama.


Presentación del Libro Canto del Centinela 1994 a cargo de Orlando Aloma. A la izquierda Carlos Diaz Barrios  editor de La Torre de Papel y el autor de de este articulo.  Ciudad de Miami

Al leer esta poesía, se llegaría a la conclusión de que Cardenas fue un hombre desde muy temprano atrapado en los túneles de una hermética oscuridad. Su poesía esta marcada de forma a veces obsesiva, por esa larga noche amenazante, inexplicable y misteriosa que lo acosaba.

No soy el niño asustadizo, el encantado que se hundía en tu regazo para huir de los brujos y el hechizo… Pero a veces me envuelve un círculo de espanto y las noches se tornan escurridizas, enemigas.

El amor también esta expuesto en un poema dedicado a su mujer y madre de su única hija, fechado en 1973 y que inserta en Canto del Centinela para demostrar, si es que existe algo que demostrar, que dentro de la gruta donde mora el fugitivo, también hay cabida a la exaltación del sujeto amado.

Sobre las rocas, junto a los arenales, persiste la silueta de mi mujer más negra que un hechizo. Persiste como una primicia centellante y se disuelve en la caricia de mis dedos. Alucinación de lo estático /vientre quebrado sobre la suavidad de una medusa.

Para Cardenas, fue una verdadera tragedia la inserción a una sociedad foránea. Conspiraba los prejuicios raciales y el enjuiciamiento de ciertos sectores de la sociedad receptora sobre su procedencia y su personalidad irreverente. Atentaba la ilusoria pretensión de que podía vivir plenamente de la poesía y de las artes, sin ningún titulo académico u oficio que lo avalara y le facilitara el sustento, en una sociedad, además, regida por leyes pragmáticas que nunca ha visto con buenos ojos cualquier conducta o estilo de vida bohemio.
Pero es preciso subrayar que tales conflictos de acoplamiento e inserción, no fue una incidencia ceñida únicamente a él, sino que en mayor o menor intensidad, se refleja en las vidas rotas de buena parte de sus amigos los escritores y artistas que desembarcaron dramáticamente en Key West en 1980 en el éxodo del Mariel, o de los que fueron arribando años posteriores por diferentes vías.
En una ocasión el fallecido narrador Carlos Victoria, amigo muy cercano de Cardenas, con aquella transparencia que lo caracterizaba, confesó:
¨En los primeros años del 80 cuando me vi conduciendo el auto en dirección contraria al express way bajo los efectos del alcohol, comprendí que tenía dos opciones: continuar una vertiginosa carrera hacia el abismo, o consagrarme por entero a terminar mi obra literaria. Elegí por lo segundo¨.


    El autor, Carlos Victoria, Orlando Aloma y Roberto Posada en la libreria Universal. 1995

Al parecer Cardenas no pudo asumir en su totalidad las conclusiones a las cuales había llegado Carlos Victoria. Sin embargo esta demostrado al revisar la historia general del arte y de las letras, que los resultados de una valiosa creación, no se basan en el comportamiento, correcto o no, de los que
la producen.
Lo demuestra los pocos textos, pero excepcionales, escritos por Cardenas, o por el mismo Carlos Victoria plasmado en su gran libro de cuentos La Sombras en la Playa (1992), o la novela El Portero 1989 de Reynaldo Arenas, todas concebidas, reordenadas, o reconstruidas, en medio de aquel periodo de reajuste, con sus cuotas de sufrimiento, desenfreno y frustración, y en esa época turbulenta del Miami de los 80, reflejada, quizás de forma esquemática, en el films Scarface (1983) de Brian De Palma.
Posiblemente para justificar la bajada a los submundos sórdidos, encuadrándose en el típico hombre alcanzado dramáticamente por las adicciones, ante sus amigos y admiradores que en creces lo apoyaron en todo momento, Cardenas comparaba y hacia suya, la biografías de innumerables escritores que en su tiempo fueron considerados malditos.
¿Acaso el genial Arthur Rimbaud, luego de escribir muy joven Una temporada en el infierno e Iluminaciones, piezas ampliamente reconocidas como trascendentales del simbolismo y referenciales de la literatura moderna, no terminó sus últimos años de su vida en Harar, actual Etiopía, como un aventurero traficante de armas?
Dos gravísimos accidentes, (el primero en los primeros años del 80, y el segundo en el 92) y tras largos tratamientos de rehabilitación, convierten a Cardenas en un incapacitado que habita en apartamentos paupérrimos de los barrios pobres del gran Miami, o en residente permanente de algún que otro Boarding Home, que inmortalizó su otro compañero generacional, el escritor Guillermo Rosales, en la magistral novela de apenas cien paginas, ganadora en 1987 del premio Letras de Oro.


    El autor junto a Esteban Luis Cardenas un año depues de su segundo accidente.

Desde esos escondrijos donde a veces había que ir a rescatarlo, por temor que muriera por inanición, Cardenas desvelaba el curso de la vida y trasmitía sus percepciones.
Y aquí se hunden también las luces sobre las grandes avenidas y el gemido de los coches. Yo, un poco cansado y viejo, entro siempre en mi cuarto (bestia domesticada), me arrebujo en el lecho y espero, sin palabras, la brutal simulación de la mañana.
Del Poema Apuntes de una carta, del libro Canto de Centinela.
En el segundo poemario Magic City ( Editorial Deleatur, 1997) existe un acercamiento significativo hacia la realidad circundante, con un valor sustentado en la equidistancia propia del observador pasivo e inmutable y agregando una síntesis de alta precisión, que remite al lector a esos antiquísimos Tankas y Haiku provenientes de la poesía oriental.
Un poeta repleto de limosnas sonríe ante las brumas del rio. En una sugestión mira a los barcos sobre las aguas, en busca de ciudades. Luego, con humildad, cuenta sus limosnas y piensa en Altamirano, en los carruajes griegos y en la frondosidad de África. Vuelve a levantar los ojos.
El rio continúa brumoso y apacible.
No se puede pasar por alto, el cuento Un café exquisito que encabeza su libro de narrativa (Ediciones Universal, 2001) que lo consagra como un autor importante dentro de la literatura contemporánea, y que demuestra, con prosa diáfana y estilo directo, ser un fiel heredero de Ernest Hemingway y de su magistral relato The Killers publicado en1927
La escalofriante naturalidad con que Cardena narra en primera persona un ajuste de cuenta a un narcotraficante dentro de una casa de unos amigos que visita casualmente para tomar una taza de café cubano, siempre hizo pensar a lectores allegados, si fue una experiencia real en sus incursiones por los bajos fondos, o se trataba de una descarnada pura ficción. Cuando se le preguntaba al respecto, Cardenas les respondia a los proclives a escandalizarse de que era una invención estrictamente literaria y a otros menos prejuiciados, que dadas las circunstancias acaecidas en la década de los 80, era posible que aquella narración fuera un testimonio tomado de la realidad.
Pero se puede agregar que Cardenas pudo haber tomado, para este conmovedor relato y como argumento a su azarosa vida , la máxima del teólogo San Agustín, de que no se logra comprender del todo el pecado y a los pecadores, sin llegar al menos una ves en la vida, haber pecado.

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