sábado, 20 de diciembre de 2008

Opinión Publicado el miércoles 22 de octubre del 2008 El Nuevo Herald
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ALEJANDRO LORENZO: De nuevo el arca rusa
He abandonado la indignación inicial para tratar de darle cierta explicación, si es que existe, a la reciente inauguración en nuestra querida y arruinada Habana de la Catedral de Nuestra Santa Señora de Kazan. Es un edificio inmaculado con cinco cúpulas doradas en forma de bulbo, con un valor estimado de unos $2 millones.Sería ingenuo pensar que sólo se trata de un factor doctrinario lo que mueve al clero y a los artífices de la nueva Rusia a cruzar los océanos y tratar de tener presencia en un régimen como el cubano, en quiebra permanente y hasta ahora declarado marxista leninista. Pero las nupcias han comenzado.Vladimir Putin, el ex policía, y Dimitri Medvedev, el burócrata financiero, han puesto en marcha la internacionalización del paneslavismo o panrusismo. Nada nuevo si se revisa toda la historia de ese país, cuya formación de la conciencia nacional ha tenido desde el medioevo dos artífices principales: la Iglesia Ortodoxa y el Estado. .Al parecer, la dirigencia del Kremlin no deseaba seguir dando tumbos en las tinieblas de la falta de una identidad ideológica que no la definiera como gran potencia redentora y alternativa que hubo de ser y en nuestros días aspira a volver a ser, frente a su rival, Occidente y su modernidad.Los nuevos gobernantes de Rusia aprovecharon el colapso del comunismo y el caos del capitalismo salvaje para apuntarse al nuevo fundamentalismo del siglo XXI: un exótico engendro heredado del espíritu ético nacionalista de Tolstoi y Dostoievsky, cuyos discursos literarios siempre derivaron hacia una crítica del mundo occidental, inmerso en el materialismo y alejado de la espiritualidad.Los llamados neoeslavófilos son los seguidores de los magníficos zares Iván IV y más atrás, 1220-1263, del zar unificador y patriota Alexander Nevsky. Podríamos agregar la reciente reivindicación histórica de los Romanov, los últimos zares del imperio, masacrados por los bolcheviques y convertidos, hace poco y por decreto, en mártires, tanto por la Iglesia como por el Parlamento y el Gobierno ruso.Mucho antes, el gabinete de Putin condenó a los ultranacionalistas de línea dura quizás para guardar la forma, aunque en la raíz muchos de sus postulados eran coincidentes. Tomó muchas ideas del escritor premio Nobel Alexander Solschenizyn, recién fallecido y cuyo sepelio en Moscú, vale aclarar, tuvo rango de héroe nacional, por ser un abanderado de la herencia y el alma de la historia nacionalista de la gran Rusia. Es oportuno recordar que mucho antes de su salida de su destierro en Vermont, Estados Unidos, el escritor sostenía que el sistema occidental era decadente y que su amada Rusia no debía copiarlo.Es comprensible, aunque no aceptable, que esta nueva Rusia ambicione recobrar o hacer suyos a varios países de los Balcanes y de Eurasia: Georgia, Kazajstán, Kirziguistán, Tayikistán, Uzbekistán, Turkmenistán, Azerbaiján y Armenia, todos ellos parte de la difunta Unión Soviética.Sin embargo, ¿por qué Cuba? Porque el gobierno cubano es la novia de cualquiera que mantenga una postura opuesta al gobierno norteamericano. Si la Serbia genocida es aliada de los rusos y enemiga de la OTAN, ahí está Cuba defendiendo a Serbia que es también defender a Rusia.Al parecer, muchos analistas coinciden que el dúo Putin y Medvedev ha retomado la política exterior transatlántica del difunto primer secretario del partido Nikita Jruschov, de la década de los 60. La Cuba de los Castro, congelada todavía en la guerra fría de esa época, vuelve a ser su mejor dedo para el anillo. Además de servir de puente incondicional, junto al delirante Hugo Chávez de Venezuela, a la seducida y abandonada Latinoamérica.Cuando vemos al patriarca Kiril Gunjaev, gran ironía, condecorando a Raúl Castro, según los estudiosos el más neoestalinista y con fuertes vínculos con los comunistas del viejo partido, con la medalla del Príncipe Danilo de la Buena Fe de Primer Grado, estamos presenciado la avanzadilla de esta mencionada nueva política de los que dirigen la Nueva Rusia.Esperemos entonces la reactivación de la base de inteligencia de Lourdes; la modernización de la base espacial de satélites, de la que ya nadie habla, situada en la Gran Piedra en Santiago de Cuba; y quizás el arribo de otra generación de tecnócratas y funcionarios rusos que vivirán de nuevo en el reparto Kohly. Quizás también, por cortesía del Ministerio de Cultura, se llegue a publicar --por supuesto, en ediciones limitadas-- El archipiélago Gulag.

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