sábado, 20 de diciembre de 2008




Siempre fuera del juego

15 de febrero de 1998 en El Nuevo Herald
ALEJANDRO LORENZO Especial para El Nuevo Herald
Este año se cumple el 30 aniversario de que la Unión de Escritores y Artistas de Cuba le otorgara el Premio de Poesía Julián del Casal al poeta Heberto Padilla por su libro Fuera de Juego.
Este poemario marcó un paso crucial en la literatura cubana del presente siglo. Entre muchas razones, porque nunca más se le otorgó un premio a un escritor crítico y desafiante al estado totalitario cubano, y la segunda, porque por última vez un jurado de un concurso literario en aquel país, a pesar de las presiones y amenazas por parte de los ideólogos del partido y de la policía política para que no se le diera el premio, actuó con independencia e inclinó la balanza con toda honradez y sin compromisos, a favor de un libro que a ellos les parecía el mejor.
De visita en Miami, Padilla responde acerca de qué significa para él Fuera de Juego, de Miami, y de su labor de escritor en el presente y en el futuro.
Alejandro Lorenzo—En España y en New York están preparando un homenaje y aquí en Miami, Books & Books y la editorial La torre de Papel se proponen también recordar Fuera del Juego ¿Qué podrías decir de este libro?
Heberto Padilla—Para mí tiene un valor especial. En aquella época empecé a escribir contra la gratuidad en la poesía, contra una antipoesía de humor negro y parodia desinteresada socialmente; pretendí hacer una poesía preocupada, si se quiere, obsesionada, por los problemas de la historia. En aquellos años vivía en la antigua Unión Soviética y leía lo que se estaba escribiendo en aquel país y en el resto de la Europa Socialista, y descubrí que aquella literatura tenía un gran interés por los asuntos sociales y políticos, que en comparación con nuestro mundo, con nuestra cultura, esos temas tenían muy poco valor. Nuestra poesía no se sentía enemiga de nadie, tal vez exagero, pero tenía, y creo que aún tengo la impresión de que sólo cantaba irónicamente a la luna, a la noche, a las flores, al amor. Salvo José Martí y Heredia, consideraba muy raro que en el siglo pasado la generación de Julián del Casal, de Juana Borrego, fuera revolucionaria en el orden moral, pero no en el orden literario. Me parecía extraño que estos escritores no aludieran a la historia dramática que se estaba viviendo en Cuba. No hubo un solo poema que abordara lo que acontecía. Por eso con Fuera de Juego no quise continuar con aquella tradición. Me importaba recoger la realidad excepcional que estaba viviendo, y digo excepcional no por capricho, sino porque los acontecimientos que se estaban produciendo eran excepcionales. Yo experimenté el nacimiento del deshielo, el surgimiento de una crisis y de una crítica al sistema socialista, y mi libro intentaba abordar todos aquellos problemas. Cuando lo escribí, lo sentía necesario, creía en él. Tanto el estalinismo, como la breve desestalinización que se produjo en el tiempo que gobernó Jruschov, causó un gran efecto en mi vida y supongo que en la vida de muchos escritores del bloque comunista de aquella época. Cuando uno empieza a escribir sobre tales temas, sobre tal tragedia humana, uno cobra un ánimo distinto, uno siente que la literatura posee un valor para siempre.
Otra de los hechos relacionados con ese libro y que siempre
tendré presente fue la conducta ejemplar de José Lezama Lima, como jurado. Un escritor que hacía una literatura que yo desaprobaba en el orden estético y sin embargo dejó a un lado mis puntos de vista para juzgar con honradez mi poesía, que yo diría era la negación de la suya. Lezama fue un hombre generoso; junto a un jurado presionado por ese gobierno, premió Fuera de Juego sin otorgar menciones honoríficas a ningún otro libro.
A.L.—Muchos cubanos, que pasaron años de su exilio en ciudades como Madrid, New York, Roma, han decidido radicarse en Miami. ¿ Qué piensas de esto?
H.P.—A Miami la conozco desde mis primeros viajes a Estados Unidos, a finales del 50 durante la lucha contra la dictadura de Batista; estuve exililado en este país y viví en esta ciudad. La he visto crecer, extenderse.
Por otra parte en Miami tengo a mis familiares, a mis hijos, a mis nietos, a mi hermana la poeta Martha Padilla, a mis amigos. Haciendo un recuento de lo que significa esta ciudad, me gustaría referirme a mi trato aquí con sus escritores. He conocido personalmente a Lorenzo García Vega, poeta que ataqué en un artículo publicado e Lunes de Revolución. Amigos comunes insistían en que leyera a Lorenzo y yo a veces lo leía un poco por compromiso, o simplemente no lo leía. En fin, Lorenzo García Vega apareció ante mí como un ser humano sensible, lúcido y me conmovió. Aunque su literatura no sea la que me gusta hacer, es excelente. Y en estos tiempos que he visitado a esta ciudad, nos hemos visto y hemos compartido nuestras inquietudes literarias, momentos de la historia de nuestros respectivos destierros y, si se quiere, debo agradecer a Miami este reencuentro y esta reconsideración.
A.L. -- ¿Podrías decirnos lo que estás haciendo como escritor, o lo que piensas hacer?
H.P.—Estoy en espera de la publicación en España de un poemario que se titula Un puente, una casa de Piedra. Es un libro en que la mayoría de los poemas se publicaron en inglés en el período en que viví en Princenton, New Jersey. Lo editó en New York: Ferrar, Straus, Girous, la misma editorial que publicó mi novela En mi jardín pastan los héroes y La Mala Memoria.
Además he estado todo el tiempo dedicado a escribir una novela, esa novela de la que realmente no quiero hablar hasta que aparezca. También doy clases de literatura en Lehman College en New York y, por si fuera poco, terminé el prólogo de una antología de ocho poetas cubanos que se titula Turba de Poetas. Estos escritores coinciden en Miami, salvo Rogelio Fabio Hurtado que vive en Cuba. Este libro me parece interesante; porque a estos poetas los une un pasado común, una serie de intereses culturales, literarios, y nada más. No se proponen pertenecer a la generación tal o más cual. Y eso es interesante; porque en el libro hay un diversidad de experiencias, de puntos de vistas, de disímiles interpretaciones de la realidad y todo esto con calidad, con vehemencia, como creo que siempre debería ser la poesía. En cuanto al futuro, no creo mucho en esa palabra, cuando la oigo siempre me recuerdan los discursos de Cuba. Prefiero el presente, el presente es mi futuro.
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